
Esta nueva mirada a la calle Betis rinde homenaje a los perfiles que definen la identidad del viejo arrabal. Caminando junto a la barandilla que separa el caserío del cauce histórico, la vista se escapa inevitablemente hacia el Altozano, buscando la pequeña joya arquitectónica de la Capilla del Carmen. Sus formas de ladrillo y cerámica nos hablan de esa Triana artesana que lleva el arte en sus raíces y en su fisonomía.
El río Guadalquivir ejerce aquí de espejo absoluto, duplicando la intensidad de los azules del cielo y el colorido de los edificios singulares que asoman a su ribera. A la derecha, el contraste lo pone la imponente Torre Sevilla, cuya silueta contemporánea se integra en el paisaje trianero como un nuevo gigante que vigila el discurrir del agua desde la Isla de la Cartuja. Es el reflejo de una ciudad que avanza sin perder su esencia.
Contemplar la calle Betis desde este ángulo es conectar con la calma del río y el carácter abierto de sus gentes. Una estampa dominada por la viveza del color y el magnetismo de un horizonte donde cada elemento, desde las farolas clásicas hasta los barcos que cruzan el agua, cuenta un fragmento de la gran historia de Triana.
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