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viernes, 1 de noviembre de 2013

Cristo de las Mieles - Sevilla

Sevilla - Cementerio de San Fernando - Cristo de las Mieles - Antonio Susillo
Cristo de las Mieles (detalle) 1880 - Antonio Susillo
Cementerio de San Fernando - Sevilla

      La glorieta principal del Cementerio de San Fernando es un espacio donde cualquier visitante del recinto se detiene al menos unos breves instantes. Nadie suele pasar sin santiguarse o rezar una oración ante una de las estampas más bellas e impresionantes de esta Ciudad de Paz y Silencio, el Cristo de las Mieles.
      ¡Qué inmenso sufrimiento guiaba la mano de Susillo al cincelar cada rasgo de Jesús y hacerlo coincidir con los trágicos momentos que, personalmente, estaba viviendo!

Sevilla - Cementerio de San Fernando - Cristo de las Mieles - Antonio Susillo
Glorieta del Cristo de las Mieles
Cementerio de San Fernando - Sevilla

      Confieso que ante este Cristo he sentido el dolor de su muerte y, a la vez, la paz de su Redención. No he podido dejar de mirarle mientras me preguntaba el por qué de su atroz destino en la Tierra y con qué humildad lo aceptó.
      En la tarde, la silueta de Cristo sobre el inmenso azul del cielo nos trae un mensaje de esperanza. Él, en nuestro nombre, suplica al Padre Eterno por toda la Humanidad. En su infinita bondad sólo hay lugar para el Amor.

sábado, 30 de octubre de 2010

Estampas de Sevilla - 8 El Cristo de las mieles

Sevilla - Cristo de las Mieles (Antonio Susillo) - Cementerio de San Fernando

      A la entrada del Camposanto sevillano, impresiona este Crucificado de Antonio Susillo. Muestra en su rostro la cruel agonía de quien ve acercarse la muerte sin poder eludirla, a la vez que alza sus ojos al Cielo implorando la clemencia divina.
      Eran tiempos tormentosos para el autor que plasmó en el Cristo sus miedos, su dolor y, también, su esperanza en otra vida. Dice la leyenda que Susillo lo hizo hueco a imagen de su alma, que estaba quedando yerma de los retazos que la vida le arrebataba; pero lo hizo tan bello que la naturaleza quiso recompensarle y unas abejas hicieron su panal en las entrañas del Cristo. Ante la mirada atónita de los sevillanos, surgieron de los ojos del Crucificado unas lágrimas que conmovieron a todos los presentes. Eran dulces, como la miel.
      Aquello que la vida había negado a Susillo, su Cristo se lo devolvía. Bajo la Cruz, sus cenizas pudieron descansar para siempre y su alma, liberada por el Amor Divino, se fundió en un abrazo con aquel al que había dedicado sus últimos latidos y le esperaba a las puertas del Cielo.