domingo, 27 de marzo de 2011

Sergio, en casa



Te esperamos como uno de los dos mejores regalos que podíamos recibir el día del padre (no hará falta decirte quién es el otro) y tú, querido Sergio, nos acompañaste sin mostrarte, no era aún el momento. También fue tu voluntad que nadie decidiera por ti, ¿acaso no soy libre?, pensarías. Pero, ¿para qué alargar el momento si lo más importante ya estaba preparado para recibirte como merecías? Y escogiste la hora bruja, esa que transcurre cambiando su nombre, ¡qué paradoja!, en el día más corto del año y en la noche más larga, pero feliz, que pasamos mientras llegabas.
Ahora que estás aquí, que podemos acariciar tu piel y besar tus mejillas, que podemos sentir la emoción de cómo tu corazón late junto al nuestro, ahora, tienes que saber que estaremos a tu lado cuando sientas la necesidad de una mano, de una palabra, de un abrazo, de un beso, de un juego… de todo aquello que tú puedas necesitar y nosotros podamos darte.
¡Te queremos, Sergio!

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