Corría el siglo XV, bajo el reinado de Juan II de Castilla, cuando la devoción al Santísimo Sacramento era ley y costumbre. Tanto, que el monarca dictó un decreto severo para asegurar el respeto absoluto cuando el Viático cruzaba las calles:
Nadie estaba por encima de aquella norma. Ni nobles, ni mercaderes, ni soldados. Ante la Sagrada Forma, todos al suelo.
La taberna de la calle Buen Rostro
La actual calle del Hombre de Piedra se llamaba entonces calle Buen Rostro, un callejón angosto donde las tabernas derramaban luz amarillenta y olor a vino espeso. Aquella noche, la taberna estaba llena: risas roncas, golpes de jarra, humo de lámparas y el rumor de historias repetidas.
De pronto, el bullicio se quebró.
Un tintineo de campanilla atravesó la puerta como un hilo de plata. Tras él, un murmullo grave, solemne, que hizo callar incluso a los más alegres. Los parroquianos se asomaron y vieron avanzar por el callejón una pequeña comitiva con ropajes litúrgicos. En el centro, el párroco de San Lorenzo sostenía contra su pecho el Viático, camino de llevar la comunión a un moribundo.
La reacción fue inmediata: todos salieron y se arrodillaron sobre los adoquines húmedos.
Todos menos uno.
Mateo “El Rubio”: la soberbia hecha hombre
Entre los presentes estaba Mateo, al que llamaban "El Rubio".
Hombre de genio vivo, lengua rápida y orgullo más grande que su prudencia. Aquella noche, además, el vino le había calentado la sangre.
Mientras los demás se postraban, Mateo permaneció en pie, tambaleante, con una sonrisa torcida. Y, en lugar de inclinar la cabeza, alzó la voz.
Insultó, se burló, se rió del cortejo y de quienes se arrodillaban. Sus compañeros, desde el suelo, le suplicaban con la mirada que callara, que cediera, que no tentara al destino.
Pero Mateo, envalentonado, dio un paso adelante y proclamó: "No me arrodillaré, sino que me quedaré de pie… para siempre."
El rayo que partió la noche
Dicen que no hubo trueno.
Dicen que el cielo simplemente se abrió.
Una luz blanca, afilada como una espada, cayó sobre Mateo con un estruendo seco. El callejón se llenó de humo y olor a azufre. Los presentes cerraron los ojos, aterrados.
Cuando el aire se aclaró, Mateo ya no estaba.
En su lugar, erguida, rígida, fría, había una figura de piedra. De pie. Para siempre. Tal como él mismo había desafiado.
El nombre que Sevilla no olvidó
El suceso corrió por Sevilla como un relámpago. La historia se repitió en plazas, corrales, mercados y conventos. Y la calle Buen Rostro, desde aquel día, dejó de llamarse así.
El pueblo, que nunca olvida lo que le sacude el alma, empezó a nombrarla de otra manera:
La calle del Hombre de Piedra.
Y así sigue llamándose hoy, recordando a quien quiso permanecer de pie…
y lo consiguió, aunque no del modo que esperaba.
BUSTO DEL HOMBRE DE PIEDRA Calle Hombre de Piedra - SEVILLA
(La calle Hombre de Piedra está en el Barrio de San Lorenzo, a espaldas de la parroquia, junto a la Alameda de Hércules. La figura de piedra que le da nombre tiene origen romano y presidía las termas que había en aquel lugar; posteriormente los árabes construyeron allí unos baños que se conocieron como Baños de la Estatua. Después de dos mil años, el Hombre de Piedra aún continúa en su lugar de origen.)