viernes, 19 de febrero de 2010

Mi primera sobredosis




















Una tarde de domingo, al salir de la sesión infantil del cine del Plantillano, la noche se había echado sobre el pueblo y hacía bastante frío. Teníamos algún dinerillo suelto, cosa rara pues siempre andábamos apurados, y alguna tosecilla que otra, así que mi primo Manolo, compañero y amigo inseparable, me sugirió una idea donde gastar nuestros ahorrillos dominicales. Ya habíamos probado esa golosina que mi abuelo alguna vez había tomado, aunque en raras ocasiones puesto que siempre tenía a mano para combatir el frío una copa de Terry (el de la malla amarilla) y su paquete de “caldo de gallina”.
Encaminamos nuestros pasos hacia la farmacia, situada en la Carrera, y dirigiéndonos al dependiente le dijimos: “De parte de nuestro abuelo que nos dé una caja de pastillas Koki”. Algo raro debió notar que nos preguntó sobre quién era nuestro abuelo, qué le ocurría, dónde vivíamos,… pero como ya habíamos planeado que podía pasarnos algo así llevábamos las respuestas preparadas. Convencido, o eso creímos, nos preparó la caja envolviéndola diligentemente, cobró y nosotros salimos tan ufanos con el preciado tesoro en nuestras manos. No recuerdo si nos tomamos todas las pastillas en la misma tarde pero probablemente así fue porque llevar algún resto a casa era muy peligroso ya que las madres te miraban hasta el último rincón de la ropa y, si había algo raro, una buena ración de zapatillazos no te la quitaba nadie. Aquella noche no creo que tuviéramos ni atisbo de tos ya que nos habíamos dado una sobredosis de pastillas Koki de mentol-penicilina, y probablemente también nos “cargamos” cualquier ser viviente que pululase por nuestra flora intestinal.

(Las pastillas Koki se chupaban como un caramelo y tenían un suave y agradable sabor mentolado pero obviamente eran un medicamento cuyo peligro, al tomarlo sin prescripción médica y en dosis inadecuada, desconocíamos. En aquellos años éramos dos inocentes pipiolos de nueve añitos.)

martes, 16 de febrero de 2010

Azulejería sevillana - Alava (Plaza de España) 1

Dentro de la azulejería sevillana la Plaza de España constituye uno de sus más preciados tesoros. Este conjunto monumental fue obra del insigne arquitecto sevillano Aníbal González, para la Exposición Iberoamericana de 1929, está situado dentro del Parque de Maria Luisa y destaca por su espectacular grandiosidad, armonía y belleza siendo la más insigne muestra de la arquitectura regionalista.

AZULEJO DE ALAVA
El azulejo dedicado a esta provincia muestra el momento en que los nobles de la Cofradía de Arriaga, o de Álava, en 1332, hacen la “Voluntaria entrega”, incorporándose a la Corona de Castilla, nombrando señor a Alfonso XI y disolviendo la Cofradía. En el documento que la recoge, Alfonso XI de Castilla les otorga el Fuero Real.

martes, 9 de febrero de 2010

Linares de la Sierra, perdido en el tiempo




La carretera de Aracena a Alájar, desciende suavemente, serpenteando entre castaños, alcornoques y encinas, hasta un valle que podría decirse idílico, cual Edén perdido en la serranía onubense, y no es sólo su exuberante vegetación o sus arroyos de cristalinas aguas lo que nos llama la atención, hay algo que parece anclado en el pasado, como si el tiempo se hubiese detenido para no alterar su belleza, un pueblo pequeño, encantador, de casas encaladas y empedradas calles que acaban siempre en el cercado de una huerta o en un abrazo al bosque. Es Linares de la Sierra, limpio como una patena, cuidado con mimo por sus poco más de 300 habitantes, sabios ellos que procuran no saber de coches y humos; al caminar por sus calles se siente el alma de la vida rural, el aroma de los guisos caseros que escapa por las puertas, siempre abiertas; no hay voces, puedes sentir la paz de la naturaleza, oír los sonidos que llegan del bosque, el agua de la fuente, la levedad de los pasos de una mujer que cruza hacia la plaza, no hay ruidos y, sin embargo, está pletórico de vida.
En nuestro paseo descubriremos la fuente, construida en 1908, con cuatro caños de agua fresca que caen sobre una pileta, donde es recogida y canalizada bajo el suelo hasta el abrevadero y, de allí, al lavadero, una verdadera joya que nos retrotrae un siglo atrás en el tiempo; la iglesia de San Juan Bautista (siglo XVIII) y la Plaza de Toros, adosada a la iglesia y, caso inédito, abierta e integrada en el pueblo. Y la joya más preciada de los linarenses: los “llanos” o “cuadros”, una especie de mosaico hecho con piedras que adornan la entrada a cada casa, casi 300 podemos admirar, todos perfectamente conservados a pesar de que algunos son ya centenarios.
En la pequeña plaza hay un bar, su humilde aspecto nos depara la sorpresa de una excelente comida casera hecha con mimo y agrado por la familia que lo regenta usando los productos que la sierra ofrece en cada estación. Las migas y las setas están deliciosas. Linares de la Sierra, como ejemplo de conservación de la arquitectura típica serrana, fue declarado Bien de Interés Cultural en 2005, perderse en sus calles es un buen remedio para combatir el estrés y sentir la libertad.

viernes, 5 de febrero de 2010

Azulejería sevillana - Real Alcázar

      Mural en azulejo situado sobre la puerta de entrada del Real Alcázar de Sevilla. Fabricado en Triana por Hermanos Mensaque y Cía., fue colocado en el año 1894 siendo Alcaide del Real Alcázar D. José Gestoso y Pérez.

miércoles, 3 de febrero de 2010

Nitrato de Chile




















Otro de los primeros anuncios que recuerdo haber visto en mi infancia estaba situado en un lomo de pared, que sobresalía sobre el tejado de una de las casas que daban al paseo, antes de llegar a la altura del cine de Benítez. No tenía ni idea de qué era eso de “Nitrato de Chile”, en todo caso me sonaba lo de Chile porque lo había visto en los mapas de la “Enciclopedia Álvarez” pero “Nitrato”, y con aquella silueta en tan fúnebre color, me hacía pensar en que no debía tener trato con gente de Chile porque debían ser como los malos de las películas de vaqueros. En esos seis o siete años y sin picardear por la tele, ni la calle, la imaginación se desborda y crea mundos imaginarios con cada uno de los elementos que vamos descubriendo, aprendiendo palabras sin sentido pero que tal como las leías, y veías repetidamente, debían tener algún significado especial; recuerdo ahora “CARTELESNO” que podía encontrar una y otra vez rotulada con pintura negra sobre algunas fachadas (el personaje que lo hacía no debía saber que eran dos palabras y el que lo contrataba tampoco) y que terminé por asimilar al nombre del propietario de muchas casas del pueblo, “¡Mira, esa casa también es de Cartelesno!” Ya se encargaría la química de decirme lo que era el nitrato, la ortografía de enseñarme que no todo el mundo en mi pueblo sabía escribir correctamente y la historia a conocer que los chilenos eran gente normal como nosotros y no forajidos del Oeste, pero eso ya pertenece al mundo real, no a aquel que mi tío me contaba y yo soñaba con poder entrar en él y explorarlo: “El pueblo que está debajo la piedra”. Algún día hablaré de esa historia.