lunes, 31 de mayo de 2010

Salobreña, doncella del Mediterráneo






Salobreña tiene la sal en el nombre y en el aire. Es un retazo de espuma de una gigantesca ola atrapada en la roca. Vive junto al mar pero añora la montaña a la que mira y admira. Es una joven venida de Sierra Nevada que juega en la orilla del Mediterráneo sin querer mojarse los pies. Adorna sus calles con las flores de la sencillez y lava su cara cada mañana para que reluzca con el sol. Terroncitos de azúcar sobre el Peñón son sus casas y, sobre ellas, la torre de la iglesia y las almenas del castillo simulan el rubor de la inocencia. Salobreña tiene sangre vieja y valiente de humildes pescadores que lucharon contra los ponientes para traer el sustento familiar, de rostros arrugados por el sol que cultivaron la caña y sacaron lo mejor de ella; y sangre joven que la ha levantado con mimo y esfuerzo mirando hacia el mar. Salobreña es la niña bella de la costa granadina, duerme acunada casi oculta del mar y con la luz encendida, teme que los moros que partieron de ella al exilio puedan volver para llevársela.

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