viernes, 19 de febrero de 2010

Mi primera sobredosis




















Una tarde de domingo, al salir de la sesión infantil del cine del Plantillano, la noche se había echado sobre el pueblo y hacía bastante frío. Teníamos algún dinerillo suelto, cosa rara pues siempre andábamos apurados, y alguna tosecilla que otra, así que mi primo Manolo, compañero y amigo inseparable, me sugirió una idea donde gastar nuestros ahorrillos dominicales. Ya habíamos probado esa golosina que mi abuelo alguna vez había tomado, aunque en raras ocasiones puesto que siempre tenía a mano para combatir el frío una copa de Terry (el de la malla amarilla) y su paquete de “caldo de gallina”.
Encaminamos nuestros pasos hacia la farmacia, situada en la Carrera, y dirigiéndonos al dependiente le dijimos: “De parte de nuestro abuelo que nos dé una caja de pastillas Koki”. Algo raro debió notar que nos preguntó sobre quién era nuestro abuelo, qué le ocurría, dónde vivíamos,… pero como ya habíamos planeado que podía pasarnos algo así llevábamos las respuestas preparadas. Convencido, o eso creímos, nos preparó la caja envolviéndola diligentemente, cobró y nosotros salimos tan ufanos con el preciado tesoro en nuestras manos. No recuerdo si nos tomamos todas las pastillas en la misma tarde pero probablemente así fue porque llevar algún resto a casa era muy peligroso ya que las madres te miraban hasta el último rincón de la ropa y, si había algo raro, una buena ración de zapatillazos no te la quitaba nadie. Aquella noche no creo que tuviéramos ni atisbo de tos ya que nos habíamos dado una sobredosis de pastillas Koki de mentol-penicilina, y probablemente también nos “cargamos” cualquier ser viviente que pululase por nuestra flora intestinal.

(Las pastillas Koki se chupaban como un caramelo y tenían un suave y agradable sabor mentolado pero obviamente eran un medicamento cuyo peligro, al tomarlo sin prescripción médica y en dosis inadecuada, desconocíamos. En aquellos años éramos dos inocentes pipiolos de nueve añitos.)

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