jueves, 21 de enero de 2010

Publicidad, mis primeros recuerdos

Norit - 1950 - Josep Artigas
Norit 
Josep Artigas - 1950

      El pueblo me parecía demasiado grande, dada mi corta edad, y tenía sus zonas prohibidas; cuesta arriba no se podía pasar de la Carrerilla porque estaban las cuevas y la Sierra con los enigmáticos peñones del Tío y la Tía que cada día atraían mi curiosidad pero jamás llegué a ver de cerca; al este, (cuesta abajo), tampoco debía pasar de los grupos escolares General Fresneda, en la calle del Santo Cristo, porque allí acababa el pueblo y comenzaban los huertos y olivares; la Iglesia de Nuestra Señora de la Asunción era el límite norte y, a partir de ahí, estaba el Andaraje cuyo nombre lo asociaba a lugar tenebroso de cuento y por dónde se llevaban a los difuntos, algo aterrador para una mente inocente que creía en brujas, en el tío del saco y demás zarandajas que mi madre se encargaba de meterme en la mente y en el cuerpo para forzar mi obediencia a base de miedo. Mi única cierta libertad era el Lejío, con la impresionante sierra de la Dehesa al fondo, semejante a un imponente Castillo donde moraban gigantes que impedían la salida del pueblo a los niños curiosos.

Tintes Iberia - 1950 - Lluís Falgó García

Tintes Iberia  
Lluís Falgó García 

      El motivo de esta libertad al Lejío era que allí vivían mis abuelos paternos y algunos tíos, así que se consideraba zona amigable. Aunque, realmente, el itinerario permitido se iniciaba y acababa en la Carrera, de la Iglesia al Paseo, y cualquier otra zona en que fuese descubierto era motivo de grave sanción que acababa en zapatillazos cuatro de cada dos veces (ya lo explicaré si alguna vez me apetece recordar esos episodios). Viene esto a colación porque a la entrada del Paseo, había una droguería con dos anuncios en su fachada que atraían intensamente mi atención, el de Norit el borreguito y el de tintes Iberia con una niña de cuyas manos brotaban cinco cintas de brillantes colores, de esas con que atábamos las rosquillas a la mata de romero en la festividad de la Virgen de las Roscas (fiesta de la Candelaria), rosquillas que además de estar riquísimas, se adornaban con pequeños granitos de anises coloreados, toda una fiesta para la vista, el olfato y el paladar. A la salida de la iglesia, después de la Misa donde se bendecían, estaban los pobres chavales de las cuevas que saltaban a cogerlas, más acuciados por el hambre que por el deseo de jugar o fastidiar. Recuerdo que mi padre me cogía en brazos para salvarme de aquella chiquillería hambrienta mientras mi madre sacaba algunos rosquillos que guardaba en su bolso y los repartía entre ellos.

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